martes, 1 de enero de 2013

Castril (27 de diciembre de 2012)



Se lo dijo a Mar un viejo amigo y compañero de profesión, Paco Franco, el mismo que legalmente nos unió para bien o para mal, un día de San Jorge: “Hay un pueblo muy bonico en la sierra, pasada La Puebla de Don Fadrique y Huéscar, en Granada, con un rio que lo circunda y se puede recorrer por unas pasarelas y puentes colgantes…”
Y Castril superó mis expectativas. Es uno de esos pueblos blancos, enclavado en la falda de una montaña, orientado a la luz que ofrece la solana, en la sierra del mismo nombre y que se abre con una herida profunda a un fantástico río de montaña y aguas claras.
Después de dos horas y cuarto de viaje desde Murcia, llegamos a Castril, sobre las 10 y cuarto de la mañana. Para adentrarse en la sierra hay que tomar el desvío que hay antes de llegar a Castril, pasado Fátima, a la derecha. Un camino rural, recorre el rio por su margen izquierda hacia el norte, llegando a cruzarlo un par de veces. Varias rutas de senderismo están bien localizadas en la zona. Nosotros elegimos hacer la del Nacimiento, de 5 km ida y vuelta, muy sencilla y apta para los niños. Pasado el camping del Cortijillo, llegamos a los Cortijos del Nacimiento, donde dejamos el coche, para tomar la senda que pasa bajo el tubo y asciende por el valle hasta el nacimiento. Tras una hora escasa de caminata con los dos niños, llegamos al lugar donde la caliza atrapa el agua de la lluvia, la guarda en sus cavidades y la desaloja en el nacimiento, en unas cascadas, a la superficie terrestre. El agua fluye y modela un sustrato de margas que se va ensanchando dando lugar a un suave valle, hasta llegar al embalse, que lo regula, reprimiendo su marcha natural y condicionándolo a las necesidades del ser humano. Un tubo de unos 2 metros de diámetro deja al otro lado de la pared del embalse del Portillo, al agua correr en feroz eyaculación, que llegará al pueblo, recorriendo sinuoso una garganta cerrada alrededor de la gran Peña de Castril. Almorzamos ante la cascada del nacimiento. El regreso puede hacerse siguiendo la senda del barranco de la Osa en dos horas más de recorrido o bien por donde hemos venido, en otra hora. Varios senderos parten del Cortijo de los Nacimiento y de la carretera que a él nos lleva. En el pueblo caminamos por sus callejuelas estrechas, tranquilas, silenciosas ante la ausencia de vecinos, con algunos rincones pintorescos, puertas bajas y gatos lampando por las esquinas. Tomamos unas cervezas con sus buenas tapas en la terraza del Bar Zafra, con espléndidas vistas a una buena parte del pueblo enclavado en la montaña. Seguiremos recorriendo el pueblo, ahora bajando por una senda entre una umbría de terrazas de olivos y huerta improvisada para alcanzar la casa rural del Molino, que cerrada, me deja con las ganas de un carajillo. Ascendemos ahorapor la senda, que va rodeando la peña de Castril, atravesamos un oscuro túnel y recorremos la garganta cerrada del rio por una pasarela de madera clavada a la pared. Cruzamos por un puente colgante y continuamos hasta la antigua “fábrica de vidrio” que da por finalizado este bonito recorrido. Al salir, nos encontramos con rincones de nombre tan sugerente y bello como el “Paseo de la voz dormida” o “La arboleda perdida”, junto a citas de José Saramago y Dulce Chacón. Volvemos a callejear, soñando momentáneamente con alguna casa en venta y su rehabilitación, mientras los niños corretean y beben agua de la fuente. Tomamos otra cerveza en el Café de Emilio y luego unos vinos en el bar de cazadores de enfrente. Se nos hacen las siete y planteo la idea de quedarnos a dormir, así con lo puesto. Pero mañana tenemos faena en Murcia y la voz racional dice que “nanai”. Regresamos a Murcia, no conduzco, voy de copiloto y pasando La Puebla caigo junto a mis hijos, en profundo sueño.